Entrevista a Ana Penyas

«Si yo me había sentido sola y estaba a 400 kilómetros de mi casa, cómo debe ser estar en otro continente»

Ana Penyas (Valencia, 1987) es una de las autoras más importantes del cómic español. Con su primer cómic largo, Estamos todas bien (Salamandra Graphic, 2017), en el que relataba la historia de sus abuelas, obtuvo el Premio Nacional de Cómic. Recientemente ha publicado Todo bajo el sol (Salamandra Graphic), obra donde reflexiona sobre el turismo y consecuencias sociales. Autora comprometida, charlamos sobre su obra, sus motivaciones y sobre la manera en que sus cómics reflejan el fenómeno migratorio.

Si repasamos tu trayectoria, la memoria siempre ha sido un eje importante en todas tus obras. ¿Qué tienen en común tus abuelas, la familia protagonista de Todo bajo el sol o los niños y las niñas del Mexique?

Lo que tienen en común no es el rol de víctima, pero sí de personas comunes que no tienen un papel activo en la historia. Es decir, no están provocando o batallando por hechos políticos, sino que les suceden cosas provocadas por el sistema, no por propia voluntad. De hecho, son personas que no tienen una resistencia activa contra el sistema, los unos porque son niños y mis abuelas porque son mujeres que de algún modo vivieron el rol de mujer que les tocó en su época y no se rebelaron contra ese rol. Y en la familia que me he inventado en Todo bajo el sol, por un lado están los abuelos maternos, que sí que tienen ese rol de resistencia a los cambios, pero los otros miembros de la familia están bastante supeditados a los acontecimientos. Les van ocurriendo cosas y no pelean por revertir la situación. Busqué ese tipo de personas porque, en parte, me parecía que era el perfil mayoritario. 

Extracto de Mexique, el nombre del barco (Libros del Zorro Rojo, 2017).

¿De dónde surge este interés por el pasado?

Hay una parte que es familiar. Mis padres militaron en la transición, son personas muy politizadas y además mi padre está obsesionado con la República. Mi casa está llena de cosas relacionadas con esos temas, de libros de historia, sobre todo de la Guerra Civil, del franquismo y de la posguerra… Yo he tomado ese relevo y además, siempre me ha interesado mucho la historia. Desde que era pequeña. Le preguntaba mucho a mi abuela Herminia sobre su infancia y ya de mayor me recordaba “tú me decías que no te contara un cuento, que te contara una historia de cuando era pequeña”.

Luego, a medida que me hacía mayor e iba  cobrando más conciencia, me di cuenta de que lo que yo había vivido en mi casa no era lo común y que la gente tenía unas lagunas históricas tremendas: los típicos clichés sobre la guerra o sobre los bandos, que había buenos y malos, ese tipo de cosas. Me pareció que era necesario intentar arrojar un poco de luz sobre este tema. De ahí que casi todos mis trabajos, ya cuando empecé Bellas Artes, fueran en torno a la memoria histórica. Fui explorando las maneras de poder comunicar mejor los temas políticos.

A través de tu trabajo, y también en tu vida personal, has estado muy en contacto con los movimientos vecinales de Valencia. ¿Esta implicación te ha ayudado a la hora de crear tus historias?

Sí, claro. Es mi mundo, son mis amigos y amigas. La gente con la que conecto suele ser gente que está implicada en algo, y al final resulta ser gente a la que le interesa hablar de temas que a mi también me interesan. En ese sentido estoy más conectada con el mundo de las ciencias sociales que con el mundo artístico. Y también he participado en algunos movimientos y luchas vecinales, de forma periférica, o bien participando más directamente. Valencia tampoco es una ciudad tan grande y puedes ir a defender algo del Cabanyal, luego estar en Benimaclet y después en algo del barrio del Carmen. Al final, te vas mezclando en torno a varios colectivos y te llevas un poco de cada, lo que te da una visión más panorámica de lo que sucede y te demuestra que no estás tú sólo con tu lucha.

Extracto de Estamos todas bien (Salamandra Graphic, 2017).

Enlazando con esta cuestión, eres de Valencia, pero has vivido en varios sitios: en Barcelona, en Oporto, en Buenos Aires, ahora en Madrid. ¿Te has sentido migrante?

Algunas fueron estancias muy breves, pero sí que estuve de Erasmus en Turín, después Holanda, Barcelona, de nuevo Valencia y ahora Madrid. Y ahora me vuelvo a Valencia. Esta experiencia de emigrante, por decirlo así, ese sentimiento de llegar a un sitio desconocido, a un lugar nuevo, sí lo conozco. Aunque evidentemente desde el privilegio, ya que las veces que he viajado no ha sido por una necesidad económica ni de urgencia. Obviamente, he buscado trabajo o estaba con una beca, pero ha sido más por una cuestión de experiencia. Quizás la de Madrid podría ser la más cercana a algo que tiene que ver con el trabajo, porque tuve la sensación de llegar a una ciudad realmente grande.

Estas experiencias me han dado muchas cosas. Para empezar es el ver tu sitio desde fuera, el relativizar, el conocer otras vidas y otras experiencias. Por ejemplo, en el caso de Madrid, ahí la vida es más precaria en general. Y el año que estuve en Barcelona me pasó igual. Estábamos justo en plena crisis, yo era muy joven y lo pasé mal. Ahora lo pienso y, si yo, que tenía un buen colchón, lo pasé mal, imagina alguien que no lo tiene. Estas experiencias te ayudan a ponerte más en el lugar del otro y a pensar que si yo me había sentido sola y estaba a 400 kilómetros de mi casa, cómo debe ser estar en otro continente.

En el caso de tus abuelas, ellas cambiaron el campo por la ciudad. En Estamos todas bien, se ve claramente este hecho, pero ¿qué sentimientos te han transmitido ellas sobre esta cuestión?

Por un lado, mi abuela Herminia lo vivió con bastante amargura, porque para ella sí que fue una emigración económica pura, en el sentido de que mi abuelo había tenido un accidente con el camión y eso les obligó a dejar el pueblo. Además, uno de mis tíos tenía problemas de aprendizaje y en el pueblo no había recursos por lo que, entre una cosa y otra, decidieron irse a un  a un sitio que sí los tuviera. Pero aún así, mi abuela Herminia lo vivió como un desarraigo, como algo doloroso. Después se ha adaptado, aunque antes volvía mucho al pueblo. Cómo seguían teniendo la casa allí, a lo mejor se iba tres meses enteros cada año.

En el caso de mi abuela Maruja, yo creo que ella lo vivió, por lo que me contó, como algo positivo. A ella, el ambiente del pueblo la oprimía. Cambió de clase social cuando se casó con mi abuelo, que era médico. Pasó de ser clase baja a ser de las fuerzas vivas del pueblo, pero siempre con la sensación de que la vigilaba todo el pueblo. No tenía libertad para hacer nada, ella era “la mujer del médico“, no Maruja, no podía ser ella misma. Yo creo que el cambio a la ciudad le apetecía y además, ella era originariamente de Madrid, puesto que sus padres eran de Madrid, gente muy humilde.

Mi madre también tuvo esa experiencia, aunque la situación fue diferente porque tenía 15 años. Al principio lo pasó fatal, pero lo vivió como una liberación total. Quería escapar del pueblo, ya desde niña era muy consciente de que no quería esa vida.

Extracto de Estamos todas bien (Salamandra Graphic, 2017).

Estamos todas bien, es una historia muy personal, mientras que Todo bajo el sol es prácticamente un estudio socioeconómico. ¿Cómo ha cambiado tu proceso de documentación? ¿Qué ha supuesto para ti este cambio en la forma de trabajar?

La verdad es que, como sólo había hecho un cómic largo, pensé que no podía repetir lo que había hecho. No iba a hablar otra vez de mis abuelos. También quería ponerme el reto de no quedarme en lo autobiográfico. No me quise limitar a pensar en un tema en el que ya me sintiera segura a la hora de trabajar. Fue un voto de confianza en mi persona.

Obviamente, la labor de documentación de ambas obras no tiene nada que ver. En Estamos todas bien fue muy sencillo porque para mí ya eran mundos conocidos. Leí algún libro, pero era un tema sobre el que ya había reflexionado bastante y todo fue saliendo de manera muy intuitiva. En cambio, con Todo bajo el sol tuve que documentarme muchísimo hasta que fui aterrizando en el guión. En Estamos todas bien de lo personal e íntimo fui hacia algo más grande. Y en Todo bajo el sol, desde lo grande, desde pensar en el turismo y en la historia del ladrillo, fui creando después una familia. Fue un proceso inverso.

En Todo bajo el sol también se aprecia un fondo más académico. ¿Qué nos puedes comentar sobre esta cuestión?

Conté con la ayuda de mi amigo Hernán, que además de participar en el movimiento social del barrio, estaba trabajando en su tesis sobre el Barrio Chino de Valencia desde la antropología. Me sirvió muchísimo porque me pasó la parte histórica de esta tesis y de este modo yo fui aterrizando en el contexto histórico. Con la parte visual, le iba preguntando y me decía “aquí podrías poner esto” o “eso no tiene nada que ver“. Me ayudó a analizar y a elaborar los discursos. Por ejemplo sobre el tema de la prostitución, porque entre los vecinos y las vecinas hay mucha disputa. Pese a ello, al final no pude plasmar toda la complejidad que existe, ya que quería que fuera lo más realista posible y no una sucesión de clichés.

Extracto de Todo bajo el sol (Salamandra Graphic, 2021).

¿Crees que la problemática que narras es extrapolable a otras ciudades más allá de Valencia?

Aunque lo que explico es algo muy familiar, muy local de Valencia, creo que es una situación que se repite en toda la costa mediterránea. En Barcelona, por ejemplo, se refleja mucho en el Raval, sobre el que sí que existe mucha documentación, muchos estudios y documentales. Cuando estuve viviendo en Barcelona, en 2010, ya notaba algo raro, aunque aún no conocía la palabra gentrificación. Cuando la oí por primera vez, dije “¡eso era!”.

En Todo bajo el sol en primer lugar hablas de las desigualdades locales y después ya muestras una visión más globalizada. El discurso sobre el migrante va cambiando a lo largo del cómic, ¿qué cambios has detectado en relación con los recién llegados en las diferentes épocas que ilustras?

Es cierto que ha habido cambios. He intentado hacer un retrato realista de estas situaciones, no conformarme con dar mi opinión. Generalizando mucho, creo que la principal diferencia es que cuando se emigraba de los pueblos a las ciudades, pese a que había grandes diferencias entre clases sociales, no existía el racismo que años después rechazaba la migración de otros países.

Soy consciente que históricamente esto también ha sucedido, por ejemplo, con los andaluces o los murcianos que emigraban a Barcelona, contra quienes también existían discursos racistas. Yo eso no lo he vivido en mis propias carnes, pero lo que sí que he visto son discursos de odio contra los magrebíes o contra personas racializadas, por ejemplo.

Extracto de Todo bajo el sol (Salamandra Graphic, 2021).

Recientemente has creado Asturias, dear Homeland, un cómic breve que aborda la emigración asturiana hacia Estados Unidos. ¿Cómo surgió el proyecto? ¿Qué has aprendido sobre esa emigración ya tan olvidada?

Me contactaron desde la embajada de España en Washington para llevar a cabo este proyecto junto al ilustrador Seisdedos. El proyecto general se basa en hacer distintas historias breves de las relaciones entre España y Estados Unidos, y a nosotros nos dieron el tema de la migración. La afortunada coincidencia fue que justo en el Centro Condeduque de Madrid había una exposición sobre la emigración española en Estados Unidos. Entiendo que no fue una casualidad, sino que estaba todo relacionado. Fuimos a verla y nos llevaron las dos personas que habían montado la exposición: Luis Argeo y James Fernández, el primero asturiano con vínculos familiares en Estados Unidos y el segundo norteamericano cuyos abuelos eran asturianos que emigraron.

Era una historia que no conocíamos, pero afectaba a miles de personas. La inmigración española en Estados Unidos no fue tan masiva como la italiana, porque mucha gente de España se fue a Latinoamérica por el tema del idioma. Pero estamos hablando de principios del siglo XX, por lo que en su mayoría las migraciones fueron de corte económico. Además, según la zona de origen de la península, los inmigrantes se instalaban en un sitio de Estados Unidos u otro, en función de su oficio. Por ejemplo, del sur de España iban más bien al sur, a trabajar en el campo; en cambio, la gente que llegaba a Estados Unidos desde Euskadi se iba más a los puertos y a ciertas zonas industriales.

Lo que más nos interesó en ese relato fue cómo se produjo el proceso de americanización de los inmigrantes que llegaron a causa de la Guerra Civil. Eran gente muy politizada, la mayoría de izquierdas, que apoyaron a la República. En un principio todos y todas tenían un gran deseo de volver. Se marcharon con el objetivo de ahorrar dinero y volver. Pero cuando se perdió la guerra la mayoría no volvieron, porque no podían volver a causa de la persecución franquista. Y ahí empezaron a pedir ya la nacionalidad estadounidense.

En el caso concreto de los asturianos y asturianas, ¿qué fue lo que más llamó tu atención?

Especialmente cómo fueron cambiando los centros españoles y asturianos. Se ve muy bien en la manera en que cambiaban los carteles, desde los tópicos españoles con la flamenca y la guitarra, a pasar de repente al picnic y a ponerlo en inglés. Todo formaba parte de un proceso natural de asimilación. Otra cosa muy interesante era ver cómo las siguientes generaciones iban haciendo suyo un relato de la migración con un tinte muy estadounidense, en el sentido de que ellos hablan de sus abuelos y abuelas o de sus bisabuelos y bisabuelas como si fueran el ejemplo del sueño americano.

En realidad era una historia de migración económica, pues casi siempre quisieron volver a España, pero no pudieron. Me interesó mucho la formación del relato común de los procesos de emigración y como cada generación pasa el filtro de la historia a su manera y según su contexto. Por ejemplo, recuerdo que uno tenía un monigote de un guerrillero con el puño en alto de un familiar y no sabía ni qué quería decir. En ese sentido, se han encontrado muchos casos en los que se ha perdido el nexo con la historia de los abuelos y las abuelas.

Extracto de Asturias, dear Homeland ilustrado por Ana Penyas y Seisdedos (2021)

¿Hubo gente que pudo volver?

Resulta muy llamativo el momento en que algunos volvieron a España por primera vez después de muchos años, pues lo hicieron como jubilados e iban a visitar sus pueblos. Ya eran viajes completamente turísticos, con agencias de viajes que los organizaban allí y que les daban la posibilidad de, además del pueblo, visitar una España que no habían conocido, porque, por ejemplo, nunca habían ido a Madrid o a Sevilla. Al final, cuando volvían de esta manera, ya totalmente americanizados, lo hacían con la mirada del turista.

Los centros culturales generalmente tienen un papel relevante para los migrantes, ¿qué impresión te causaron en el caso de Estados Unidos?

Por una parte, eran como refugios donde podías juntarte con tu comunidad, pero poco a poco estos centros se fueron americanizando cada vez más. Por ejemplo, nosotros dibujamos un momento en el que convivían el rock and roll de los jóvenes con el pasodoble de los padres. En cada época iban cumpliendo una función. En un primer momento eran un lugar de referencia, de llegada y de comunidad, donde trataban de conservar las tradiciones; y poco a poco, ese aspecto se va mezclando, igual que las propias personas.

Un elemento destacado era la comida. Muchas veces los nietos o los bisnietos, más que el idioma u otros elementos culturales, lo que conservaban era una receta. Esto es lo último que desaparece.

Extracto de Asturias, dear Homeland ilustrado por Ana Penyas y Seisdedos (2021)

En Mexique, el nombre del barco ilustras el exilio a México de miles de niños y niñas hijos de republicanos para escapar de la represión franquista. Es un tema muy duro, pero esta obra es un álbum ilustrado destinado a un público infantil. ¿Tuviste que cambiar tu forma de trabajar? ¿Qué aspectos modificaste en tu dibujo para llegar a este nuevo público?

La historia me llegó gracias a Mónica, la editora. Ella tenía un vínculo con esta historia y vio unas imágenes mías en México cuando recibí un premio de ilustración en Guadalajara. A su vez, también se fijó en un fanzine sobre Longinos Lozano, sus memorias del franquismo que había realizado hacía algún tiempo. Eran imágenes muy duras y claramente eran para adultos. Pero ella me dijo que quería que mantuviera mi estilo, sin pensar que era un álbum para niños. Es decir, no quería que cambiara el registro. Me pasó el texto de María José Ferrada, que es un texto muy poético y ya te lleva un poco al mundo de la infancia, aunque en realidad no es nada infantil. Yo, simplemente, me encargué de ilustrar el texto y de dar sentido a todas las metáforas de Maria José, como cuando las estrellas se convierten en los padres que se quedan en la orilla. Pero gráficamente, lo ilustré como cualquier otro encargo, no cambia mucho respecto al resto de mis trabajos.

En relación con el cómic pensado para un público más joven, nos gustaría conocer tu visión del cómic como herramienta didáctica, fundamentalmente en el marco de Vinyetes Migrants, para fomentar la memoria histórica y para dar a conocer los movimientos migratorios

Creo que tiene una gran función, puesto que ayuda a retener los conocimientos, gracias a que es un medio que se suele releer. Cuando somos pequeños tendemos a obsesionarnos mucho con algunos libros y los leemos muchas veces y la parte de la imagen marca mucho. Quizás es porque a mí me gustaba dibujar, pero yo me quedaba mucho rato mirando los dibujos y los volvía a ver una y otra vez. Creo que esa parte visual tiene el poder de fijar mejor el contenido del que se está hablando. Además tiene esa parte atractiva de poder hablar del tema más complejo del mundo, pero gracias al dibujo generas una lectura más amable. Es un buen medio para tratar temas complicados, primero vemos la imagen, que nos atrapa y después nos adentramos en la temática.

Extracto de Mexique, el nombre del barco (Libros del Zorro Rojo, 2017).

Por último, acabas de publicar Todo bajo el sol, que está funcionando muy bien, pero ¿estás trabajando en algún proyecto nuevo?

Estoy con un proyecto que me ilusiona mucho, pero del que aún no puedo hablar y también estoy trabajando sobre el colectivo “Territorio doméstico”, de Madrid, que son trabajadoras del hogar en lucha y yo estoy ilustrando el proceso.

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